31 octubre 2020

La modernidad vestida de estrofas populares en los Cantares de flores nuevas de Antonio García Velasco

Ana Herrera


Cantares de flores nuevas es un libro de poesía que nace de las estrofas populares para adentrarse en una temática moderna. Su autor, doctor en Filología Hispánica y escritor polifacético, es Antonio García Velasco.

Comienza la primera selección con un conjunto de haikus que muestran la opinión crítica de García Velasco sobre el uso de la tecnología, en concreto, la telefonía de móviles y sus incidencias sobre la vida cotidiana. Como el propio autor lo define, “El haiku se ha de escribir sin rima, con versos en minúscula, sin título y con solo 17 sílabas: 5-7-5, sin signos de puntuación, en enunciados similares a los del habla”. En una cita de autoridad, que aparece en la introducción a este apartado, y que pertenece a H. G. Henderson, en su Introducción al Haiku (Nueva York, 1958), se nos dice: “Y en las manos de un maestro, un haiku puede ser la esencia concentrada de la poesía pura”. Este poemario es el ejemplo.

La exaltación de la naturaleza, del paisaje, la mirada a nuestras calles, la comunicación con el otro, la admiración por la rosa, el mar, el cielo, el horizonte, la brisa, la hoja o el verde de los campos son elementos que atrapan nuestra mirada y reciben nuestros elogios. En esos elementos maravillosos se detiene también la mirada del autor lamentando la desidia del hombre moderno atrapado en el mundo de la pantalla. La poesía ha sido el instrumento íntimo de la sensibilidad del poeta, desde los más lejanos tiempos y los lugares más recónditos, para cantar a la naturaleza. “Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza”, así expresaba su fascinación por ella Jean-Jacques Rousseau, y así lo expresa el poeta a través de estos bellos haikus. Como muestra, he aquí uno de ellos construido con una hermosa personificación: “el horizonte / en la tarde serena / abre sus ojos”. O este otro: “la rosa fulge / y solo una pantalla / miran tus ojos”.

La soleá, que nos lleva a la segunda selección, es una combinación métrica propia de la lírica popular andaluza, compuesta por tres versos de arte menor octosílabos con asonancia en el primer y el tercer verso y sin rima de ninguna especie el segundo (8a, 8-, 8a). Suele versar sobre el tema de la soledad y el desengaño. La soleá está presente en la obra de autores como Manuel Machado, en su libro Cante hondo (1912). Siete estrofas, siete soleares, conforman un conjunto notable de esta exquisita obra. Su tema, el amor. En forma de apóstrofe, la voz poética se dirige con vehemencia y en tono de lamento a la niña que es objeto del amor de un enamorado. A veces, la figura materna se convierte en sujeto dominante en esta relación. La siguiente soleá sirve al galán para expresar de manera profunda el sentimiento amoroso: “No te lo quiero decir / pero me has gustado tanto / que ya solo pienso en ti”.

La copla, en la tercera selección, es una composición poética de cuatro versos de arte menor generalmente con rima asonante en los versos pares (esquema: - a - a). Como bien antepone García Velasco, una de sus variantes fueron las llamadas “malagueñas” compuestas por el antes citado Manuel Machado. En la obra de nuestro autor, a veces, encontramos una variante, otras veces, están constituidas por ocho versos asonantados octosílabos agrupados en dos estrofas (8- 8a 8- 8a / 8- 8a 8- 8a); otras, adoptan la forma de redondillas (8a 8b 8b 8a). La rima se alterna en asonancia y consonancia. Así pues, el poeta demuestra un gran dominio de las estrofas clásicas populares. El tema gira nuevamente en torno al amor -un tópico literario universal y atemporal-, las circunstancias de la vida cotidiana -el interés, la enfermedad, el dinero, la amistad-, y la tecnología moderna aplicada a la vida: “Por muchas aplicaciones / que nuestro móvil permita, / ninguna remediará / lo que remedia una cita”.

En la cuarta selección la forma estrófica elegida es la Pajarona, un cante campesino propio de Bujalance (Córdoba) y su comarca, compuesto por estrofas de cuatro versos, por lo general pentasílabos y heptasílabos (7- 5a 7- 5a). La rima es consonante. La temática del trabajo, sobre todo del trabajo en el campo, cobra ahora importancia, algo muy acorde con la propia naturaleza de la composición, de origen campesino, como decíamos antes. La tecnología, de nuevo, reflejada en el móvil, la figura de la amada como emisora o receptora del mensaje, y la necesidad del propio canto siempre presente en la vida de la gente, son los motivos que inspiran la creación del sujeto poético en esta ocasión. Vamos a detenernos en esta preciosa pajarona que acaba en una lúcida metáfora: “Entonarás canciones / mientras trabajas. / Pajaronas y coplas… / son tus alhajas”. Así lo decía la madre Teresa de Calcuta: “Lo que importa es cuanto amor pongamos en el trabajo que realizamos”. Y lo que se hace con amor proporciona felicidad. Es por ello que en los campos de Andalucía ese amor se acompaña de cantos. El canto en el transcurso de la labor rural es una costumbre ancestral en nuestra tierra, una manera de endulzar el sufrimiento y la escasez a la que estaba sometido el pueblo, una manera de vivir con dignidad y alzar con orgullo la cabeza, una manera de ser felices, y eso lo sabemos bien los nacidos de esas raíces telúricas en la dicotomía llanto / canto.

Y llegamos a los zéjeles, quinta selección. El zéjel es una composición poética de la métrica popular hispanoárabe, propagada también a la poesía castellana. Está formada por uno o dos versos iniciales que componen el estribillo y un número variable de estrofas; cada estrofa está formada por tres versos monorrimos, llamados mudanzas, seguidos de un último verso, la vuelta, que rima con el estribillo, anunciando su repetición. La distribución de la rima es la siguiente: aa (estribillo), bbb (mudanza), a (vuelta) y repetición del estribillo. Es decir, aa-bbba, aa-ccca, aa-ddda. El primer zéjel que abre esta parte está dedicado a la poeta algecireña Paloma Fernández Gomá, quien ha publicado en 2019 el poemario Zéjeles de alborada, donde la autora rinde homenaje a ese canto de origen hispano-árabe y, por tanto, procedente de los pueblos del norte de África, asentados tras su migración, en los frondosos sotos y vergeles de Al-Ándalus, como apuntaba en la reseña crítica que tuve el honor de hacer sobre esta magnífica obra. En este sentido, escribe García Velasco: “Un zéjel para Paloma / celebrando su saloma”. Es decir, celebrando su canto. Así se desprende del significado del término saloma, cantinela que acompañaba al marinero en su trabajo, al igual que las coplas aderezaban el trabajo del campo andaluz. Un bello elogio y reconocimiento, pues, al libro de Fernández Gomá. El resto de las composiciones están dedicadas al amor, a la amistad, a los viajes, a los encuentros, a la nostalgia de tiempos pasados o bien se centra en darnos una lección de vida. Es de justicia reconocer la belleza de estos poemas junto a la perfecta sincronización de su métrica tal como nace de la creación del poeta. Así queda de manifiesto en la siguiente mudanza: “No lo digo porque sí. / Es que mi vida sin ti / no la puedo concebir / de otro modo que en la muerte”.

Las últimas páginas, sexta selección, están dedicadas al ovillejo, estrofa formada por tres versos octosílabos que alternan con tres versos de pie quebrado, con los que riman en consonante, y van seguidos de una redondilla. El último verso de la redondilla se forma a partir de la unión de los tres pies quebrados. Según nos indica el autor, parece invento de Miguel de Cervantes en el capítulo XXVII de la primera parte del Quijote. Sus motivos son el amor familiar, el elogio al amigo – como el dedicado a su querido amigo Antonio Porras Cabrera-, la celebración de la amistad, el discurso político… Con admiración, elijo el ovillejo dedicado al atardecer en esa inmensa, romántica, bellísima laguna de Fuente de Piedra, cuna del poeta y tierra vecina de mi tierra, por donde mis pasos me han llevado en más de una ocasión.

Un atardecer dorado.

Agrado.

Reflejado en la laguna.

Mi cuna.

Contemplado desde el cerro.

Sin yerro.

La vida impuso el destierro

para ganarse la vida

aunque dejando la herida

por agrado, cuna y yerro.

En definitiva, estamos ante un libro donde el poeta capta la esencia de la naturaleza, el amor, la amistad, la propia vida en paralelo al desarrollo tecnológico de nuestra era, a la par que recupera para el lector las estrofas clásicas populares, muchas de ellas de origen andaluz. Sin duda, un halago a los sentidos. Como aquellos Cantares de Antonio Machado, como estos Cantares de flores nuevas, en un día no muy lejano, escribí unos Cantares de luna blanca, creando así un punto de intertextualidad:

¿Cuándo las gaviotas blancas

irán de ronda a mi lado,        

si paseo por la arena

o si despierto soñando?

              Ana Herrera. Inédito.

Mi más sincera enhorabuena, estimado Antonio García Velasco.

 

 

 

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