25 julio 2020

La casa madre, o el hogar recuperado

Antonio Moreno Ayora

MÁS ALLÁ DEL JAZMÍN Aurora Gámez


Con versos cortos en estrofas también breves, como si fuera una humilde acequia de aguas apenas rumorosas que corre por las sierras de Coín, la poesía de Aurora Gámez Enríquez -tan activa ella dentro del grupo malagueño ALAS- se ofrece en este libro recién editado, Más allá del jazmín, con una frescura y una musicalidad líricas, y junto a ello con un tono popular tan oportuno, que la hacen fulgir con unicidad e individualidad inconfundibles. Y al borde mismo de esa acequia, en la que deja escuchar una palabra tras otra murmurada, esa poesía, como “fragante flor cromática / voluptuosa, es intrépida, enigmática”; pero a la vez manifiesta muy clara su intención pues muy pronto también se informa de que la escribe “tomando la belleza como guía / viviendo con auténtica humildad”. Así que, si estas son las líneas maestras, las regueras naturales por las que va a fluir, podemos esperar un poemario atento a un humanismo que se asienta en la solidaridad más sentida, porque “hay quien desea un mundo sin fronteras / pensando en una auténtica hermandad / al lado y al servicio de quien pide / auxilio y condiciones de igualdad”.

En la poesía de Aurora Gámez resuena frecuentemente la palabra “humildad” y desde ella se van entretejiendo muy diversos asuntos de su biografía lírica, siendo uno de los principales la alusión o el recuerdo de su madre, que con ese mismo vocablo, y con tres poemas de composición libre, aparece en los titulares “Madre. El corazón eterno puso en juego”, “Madre. Ternura encendida” y “Madre. Pusiste el alma entera”. Es en ese primero citado donde inevitablemente se mezcla la dicha de haberla tenido en el tiempo pasado (“Fue manantial de suave luz y calma / toda fue luz cuidados y ternura”) con la complacencia de haber disfrutado de su amor y atenciones: “Dulce estrenaba mi sentir de fuego / cuando mi madre por haber nacido / alzó esperanza nueva en su latido / y el corazón eterno puso en juego”. Así que queda patente el trabajo poético de la autora. Trabajo, por cierto, que se refleja tanto en su obra publicada como la que será de inminente edición, pues ya están aguardando otros tres poemarios de los que ha adelantado sus títulos: Flor y ausencias, La luz de mis ojos, Paisaje, temple y vida.

La madre. Sí, la madre lo es todo: sencillez, tradición, serenidad, ilusión, dulce ternura, alegría. Esta, por ejemplo, es una cualquiera de las sentidas calificaciones que la hija le dedica: “Perfume de la tarde entretenida / eres el sol de la blanca mañana / aroma de jazmín y mejorana / calor del dulce hogar, llama encendida”. Con admiración, con agradecimiento, con inspiración grata nace el poema rememorando la felicidad que se compartió: “Siendo una madre fuerte, inteligente / ante la adversidad, tu fantasía / siempre colmó mis sueños cual princesa”. Sin duda, todo cuanto se reconozca y añore de la madre puede quedar resumido en uno de los haikus, el cuarto (de los 10 que hallamos en el libro), donde se dice: “Ausencia inmensa / su pensamiento vivo / sigue y me guía”.

Evidentemente, la madre sirve de conexión con otras esferas y espacios familiares. Uno de estos, el pueblo de origen, Coín, donde claramente “Entre montañas y un vergel frondoso / la primavera es dueña del paisaje”. Allí está la niñez, la adolescencia y la juventud de quien escribe que ese encanto se ancla en la lejanía temporal, cuando “la primavera en mi niñez crecía”, en unos años llenos de tantos recuerdos y vivencias que aún se prolongan hasta el presente, el momento que le hace confesar que “los cincuenta ya se han ido / aunque no los representa”. El pensamiento de la poeta va, así, desde la actualidad hasta el pasado candoroso en que la dicha, las emociones y el disfrute tanto significaban por descubrirle y mostrarle su derredor familiar. Varios poemas están, en este sentido, orientados hacia ese fin, cumplido en títulos como “La magia de la poesía”, anunciador de ese retorno vivido en el tiempo (“¡Vuelve el tiempo pasado y su duende!”); luego “Mi tierra en el alma” (recuperando “El fondo de cacharros y de aperos”); después ese poema -hasta con su estribillo impactante- tan concreto, detallista e iniciático que es “Mi hogar 1956” (que especifica que “Es mi hogar pueblo rural”); y posteriormente también ese “Haiku n° 1”, que generaliza en una apreciación al trabajo de los campesinos: “Sombras y luces / trabajando la caña / hábiles manos”. Recuérdese, pues este es el momento idóneo, que Aurora Gámez es una excelente poeta en el manejo de esta estrofa, como ya lo probó fehacientemente en su libro de 2013 Haikus a tres voces / Three Voices Haikus, traducido al inglés y al alemán y con magnífico prólogo de Inmaculada García Haro.

 Desde ese hogar, del que la protagonista lírica dice que “¡La luz de mis recuerdos me invade!”, le llegan oleadas de sensaciones y muchas anécdotas afectuosas que su alma ha guardado rebosantes de ternura en un entorno agrícola, y aquí es oportunísima la referencia a que “Más allá musitaba el murmurar de acequia / el canalizo fresco”. Se trata de un entorno en el cual están presentes el padre (al que evoca como “memoria de azahar juglaresco y galante / heredé su mirada, entusiasmo y talante / testigo es el paisaje del río Nacimiento”), y junto al padre, sus hermanas (“Hermana vente a por agua que la libertad la encuentro / cuando tu alma está junto a mi alma”), y desde luego resurgen igualmente otros miembros de la familia como el abuelo o la abuela María o los tíos, a quienes menciona al escribir: “Catalina y mis tíos con aperos del campo / preparan los avíos”, o “Mi abuelo con Castaño / mis tíos con Rojillo que come en el establo”. Lo cierto es que estos apuntes hogareños de sabor juanramoniano y con ecos de Gabriel y Galán están presentes por todos los poemas y culminan en algunos de los haikus, como el III, que depara esta encantadora presencia imborrable: “Los dos equinos / caminan junto a mí / desde la infancia”.

Sabiendo ya que la casa materna, con su entorno social y familiar, afectivo y emocional, agrícola y campestre, es el asunto lírico que amplifica la voz protagonista, a esta la escucharemos irradiar sus ecos emocionada por sus recuerdos tan vivos y aún inextinguible en el presente. Desde el hoy increpado “desplegando las alas con bondad / tomando la belleza como guía”, al lector se le transporta hasta sumergirlo -según rezan dos titulares- en la que se denomina “La casa madre” y se identifica en ese absoluto que es “Mi tierra en el alma”. De este modo, la poesía de Aurora Gámez se inflama de magia y viene a ser “Como la brisa del azahar nacida”, porque el azahar hasta después de mustio y seco deja en el aire rastros de su fragancia. Búsquese por donde se busque, en estos poemas hallaremos siempre la evidencia de que “El tiempo ha pasado sí mas no mi amor ni mi fuerza”. Esta fuerza es la capacidad de evocación rumorosa que, tras haber culminado “Veranos más de cincuenta”, revive experiencias que son -según estos versos- “Aire limpio de otros tiempos / calidez de los otoños”, y “Atardeceres soñados / que el corazón los recuerda”. Entonces, cuanto se compartió en la lejanía del tiempo recobra en el presente todo su sentido, hasta poderse exclamar que en el ahora, cuando de nuevo “¡La aspidistra!, mamá, está luciendo”, es sabio reconocer con agradecimiento que “Me enseñaste el discurso de aliento / con palabras de amor y con hechos”. Innegablemente, ese amor se muestra imbuido desde la infancia, desde el mismo momento en que la autocita adquiere significado de nombre: “María me registraron / amanecer me llamaron”. Recuerda la hija cómo en brazos de su madre “Me acunó la fantasía / bello canto y poesía”, y por ello y en aras de aquella felicidad inmarcesible toda evocación es gozo encendido, sea un detalle, como “Rancho y patio con macetas / andaluzas y coquetas”, sea un espacio, como “De cañizo es la valla campestre que limita / con gracia decorada, el rancho de la siembra”, sea un momento de reunión feliz, tal “El aroma tostado, malta o café molido / que vienen a tus manos humoso del cacillo”, o bien una costumbre vuelta a recuperarse: “Todavía el camino infantil deseado / hago junto a Rojillo, sueño junto a Castaño”.

Expongamos ahora, antes de continuar con el análisis de significados, algunas apreciaciones de carácter métrico. Y estará referida la principal a los haikus que aparecen junto a los poemas de otras características dando al poemario una alternancia formal que no puede ignorarse. Son esos 11 haikus los que se mezclan con los restantes 21 poemas de modo que el cuerpo lírico total es de 32 composiciones. En esta línea, se hace necesario insistir en que la variedad formal es característica de la poesía de nuestra autora, como ya señala Fuensanta Martín Quero en una reseña suya referida a la edición de Aurora Gámez Enríquez. Antología. De todos modos, en el libro que nos ocupa, la función de esa forma poética tan breve parece quedar muy clara: su intención es enfatizar y reforzar la semántica del poema con el que se la debe relacionar adelantando o resumiendo hasta el máximo su significado. Creo que lo entenderemos con solo dos ejemplos: si el título “Eternidad de átomos” se dedica a la memoria del padre (“no vive y sí vive en mi pensamiento / en igual sentir el mismo aire y viento”), el haiku V relaciona esa pérdida de este modo: “Tu ausencia padre / muere cuando te pienso / mi amor más brilla”, así como el antes citado “Los dos equinos / caminan junto a mí / desde la infancia” anuncia la materia poética de “Rojillo y Castaño. Los mulos de la casa”. Es la propia autora quien, hablando sobre esta cuestión, ha precisado lo siguiente: “Indago, más bien juego, con la métrica, me encanta, paso las horas muertas estudiando posibilidades de expresión. Cuando descubrí el zéjel, profundicé en su métrica y sus posibilidades; en este poemario lo desarrollo de una manera muy personal, los versos a diferencia de los clásicos del siglo XI, los he preferido de la misma medida, en vez de ocho sílabas los he compuesto de catorce para conseguir suavidad y cadencia en las estrofas”.

Por lo demás sería conveniente añadir que algunos de estos haikus llevan un estrambote casi siempre de 7 + 7 sílabas, por ello a los tres clásicos versos se añaden otros dos que los completan convirtiéndolos en esa estrofa denominada “tanka”, como se observa en el “Haiku VII”: “Libre me pienso. / Ni féretro ni tumba / tierra, mar, aire. // Mis cenizas aspiran / a eternas primaveras”. Igualmente, es de esperar que esa regularidad métrica de los haikus contraste con el cómputo variado de los versos del resto de poemas. Estos, en sus unidades compositivas, se caracterizan o bien por mezclar en un mismo poema dos cómputos o por usar uno solo. Entendiendo, pues, que estos dos criterios son la norma general apreciamos la citada mezcla, entre otros, en el poema de apertura “Acuática” (con versos de 7 y 11 sílabas) o en los titulados “Tradición rupestre. El cañizo” (con 14 y 7 sílabas), y sobre todo “Hermana” (que cobija versos de 16-12-10-9 y 13 sílabas). La regularidad silábica es norma en otros como “La casa madre”, de versos alejandrinos, “Mi hogar”, escrito en octosílabos, o “Wallada. La fuerza del verso”, este en endecasílabos. Por añadidura, el endecasílabo ayuda en varias ocasiones a construirse como soneto, de lo cual tenemos dos casos con sus particularidades. Así, en “La adolescencia brilla y se ilusiona” y en el mencionado “Wallada. La fuerza del verso” hallamos en ambos casos rima asonante; pero solo el primero se alarga mediante un estrambote de 7 +11 + 11. Y ahora no se nos debe pasar argüir que precisamente Aurora Gámez es una asidua poeta que publica sus versos en la colección Wallada, cuya edición y cuidado promueve.

Decíamos que el amor a la madre, entrevisto como guía personal y hogareña, y viéndola como “... el hada inspiradora / de verso y prosa” es el asunto lírico que canaliza todo el poemario. A él, como estamos comentando, se van agregando otros aspectos que lo saturan de poesía positiva y humanitaria. Bajo el ya citado titular “La magia de la poesía” se confirma con claridad lo siguiente: “¡La luz de mis recuerdos me invade!”, y ante tan plena naturaleza llega a exaltarse “Un jazmín que sostiene las ondas / de la luz del entorno en su flora”, acabando por recordarse en un haiku que “El estío se cierne / entre cálidos pinos”. De ninguna manera puede negarse esta atención al mundo natural, y más aún si recogemos sus palabras: “Me encanta recrearme en la naturaleza y pensar, pensar, volar, …”. Al fin, entendemos cómo la más genuina defensa de lo natural se amolda a estos dos versos que exponen: “Mis cenizas aspiran / a eternas primaveras”.

 Por tanto, es ese encanto de los jardines y de las plantas el que una vez más retrotrae a un pasado y un presente que se funden “... en los verdes que tienen las hojas / regalando a un ser dulce amor!”. No olvidemos, en este sentido, que su libro de 2003 -con edición castellanos-inglés de 2017- Del azahar era el valle ya contenía en su título esa perfumada flor, igual que este de 2020 se reconcentra en el del jazmín. 

Quién habla como protagonista tiene en cuenta lo esencial de su infancia, ese estado de felicidad perenne en el cual -según escribe- “Me acunó la fantasía / bello canto y poesía”. Precisamente a la poesía, a la labor espiritual del verso, Aurora Gámez siempre va a ser fiel y ahora lo demuestra con este libro tan repleto de intimidad, emociones y lirismo donde la poesía, la creación y la escritura serán signos matrices. La poeta desea, quiere escribir con firme optimismo y con esperanza, tal como anota en el poema, de sabor tan hernandiano, “Viviendo a flor de mi misma”: “Vientos me lleguen a mí, canciones de brisas altas / trayendo paz para el mundo a que coloreen mis alas”. Y nada hace dudar de que Aurora ofrece lo mejor de sí misma al lector, en quien piensa y a quien necesita como amigo, según se desprende de este otro haiku al enfatizar: “A vuestra casa / llego con poesía / como alimento”.

Todo esto nos lleva a una conclusión final, nos lleva a entender que la esencia del poemario es el mundo de la infancia, por eso su intención es reavivar aquellos recuerdos que por imborrables han quedado marcados a fuego en el alma sensible, pudiéndose entonces escribir que: “Si vuelvo la vista atrás, lo pasado, lo sufrido / fue trazando mi camino formando mi voluntad”. Así que el pasado permanece con fortaleza en el pensamiento, y todo cuanto lo conformó rebrilla ahora con su entorno social-familiar y sus detalles en los que al unísono resplandece lo humano y lo natural, esto último siempre disperso por los versos y en estos siguientes del poema “Perfume de signos”  tan claramente expresado al comenzar de modo solícito: “Llevadme donde el azahar me alcance / con su perfume de signos  / dejadme junto algún jazmín en flor  / para seguir su rastro emocionante. / [...] / allí donde el jacinto mueve a besos / las azucenas lucen y los lirios / se mecen dulcemente al son del viento”. Todo al completo conforma poesía y emoción, las dos columnas insustituibles para sostener el sentir de este por ahora más reciente poemario de Aurora Gámez. Gracias a aquellos años felices, tan machadianos por sus tan azules tonalidades, nace este libro por esencia inolvidable que se titula acertadamente Mas allá del jazmín y cuyo haiku III ahora, al terminar la lectura, comprendemos tan bien: “Crecen las ramas / el árbol de la vida / da hojas nuevas”. Que ustedes tengan una lectura tan gozosa como la mía. Y si pueden, aprovechen para conocer mejor a esta interesante autora no solo de poesía sino igualmente de relatos, de ensayos profeministas e incluso de antologías de voces poéticas andaluzas de plena actualidad.

 

 

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