21 junio 2020

La belleza de la mujer que envejece

Inmaculada García Haro


El fotógrafo y escritor cordobés Rafael Portal Moreno, Doctor en Psicología, nos ofrece en su última publicación, “La belleza de la mujer que envejece” (Ediciones Fedro, 2019) un conjunto de fotografías, acompañadas por un texto poético, de mujeres de diferentes lugares del mundo fruto de su colaboración en proyectos sociales de Intervención Comunitaria en Latinoamérica y África, donde refleja su vocación viajera que lo traslada allí donde le espera la imagen buscada. Algo de magia hay en la atmósfera de todas estas páginas donde el lector se verá sorprendido por múltiples rostros de diversas culturas (Masái, Bassa, Kichwas, Mandara, Maká, Gitana, Avá guaraní, Mbyá guaraní, Magreb, Europea, Saharaui, etc…).

El propio título es un señuelo para curiosos porque encierra algo que hoy en día puede ser un oxímoron: la vejez y la belleza, si situamos ésta dentro de la estetización generalizada que impregna nuestro entorno. En palabras del crítico de arte y profesor de filosofía Arthur Danto “Este mundo es exageradamente bello. Bello son los productos empacados, la ropa de marca con sus logotipos estilizados, los cuerpos reconstruidos...Hasta los cadáveres son bellos cuidadosamente envueltos en sus fundas de plástico y alineados al pie de las ambulancias. Si algo no es bello tiene que serlo. La belleza reina[1] Este mismo autor se reunió en 1950 con George Santayana[2] que, en 1886 publicó en Harvard “El sentido de la belleza” que, probablemente asevere de forma más certera su verdadero sentido. El filósofo afirma que la belleza “es un «placer objetivado». No se origina en la inspiración divina, como fue descrito comúnmente por los filósofos, sino en una psicología naturalista”.

Y es en este sentido cómo podemos entender la mayor parte de la galería fotográfica que Rafael Portal Moreno nos presenta que podrían enmarcarse dentro de la corriente realista muy en boga hoy en día, una tendencia visual más amplia que evita los posados y las fotos cliché en favor de momentos genuinos de la vida real.  Eugenio Marongiu  explica: “Nunca dejes que los modelos posen. Hazles recrear situaciones cotidianas para intentar que parezcan lo más naturales posibles. Hay que aprovechar la luz natural porque hace que todo parezca más cercano y espontáneo”.[3] “Tomar una buena fotografía documental también requiere un compromiso emocional por parte del fotógrafo”, continúa Marongiu, que considera que es crucial crear una relación de empatía con los modelos para obtener buenas imágenes. La fotografía nº1 (F1) nos muestra un claro ejemplo: la foto está tomada en una casa de un campamento saharaui donde el autor fue invitado a tomar té; es una instantánea donde una joven amamanta a su bebé mientras la besa. En un acto explícitamente cotidiano, el fotógrafo muestra la imagen envolvente de la totalidad y así lo expresa en el poema que acompaña el texto: “En mis sueños, envuelta de Amor,/ vivía la unidad en el cuerpo de mi madre.” Pero no todas las imágenes responden a esta tendencia. Rafael es un fotógrafo ecléctico que sabe impregnarse de diferentes corrientes sin socavar su firma de autor.  La imagen que presenta de la pintora Julia Hidalgo no es una instantánea; la modelo posa, pero lo hace para sí misma pues en palabras del autor en sus notas aclaratorias finales afirma que “era como si la percepción que tenía de sí misma se identificara plenamente con la imagen".

Envejecer en determinados lugares del mundo es un auténtico triunfo contra la adversidad, sobre todo para las mujeres que, en general, encuentran un escenario hostil para su desarrollo como seres humanos. Así lo expresa en el texto de la fotografía de una mujer de una aldea de Camerún (F3): “Oigo mis palabras como pronunciadas por otra persona. / Siento que zumban y resuenan como abejas mortíferas / de ojivadas y envenenadas agujas. Y es que me siento / tan alejada de mí que deseo palabras de miel en mis labios / y retinas de aguadulce en la mirada.”

La lacra de la desigualdad de género se traduce en múltiples y escalofriantes facetas en todo el mundo. Son terribles las circunstancias por las que atraviesan gran parte de las mujeres que habitan nuestro planeta y eso ha dado lugar, como afirma Simone de Beauvoir en su obra “El segundo sexo[4], a la revolución más importante de la humanidad después de la Revolución Neolítica. Otra instantánea, captada también en Camerún (F12), muestra como una mujer porta sobre su cabeza una enorme carga que, al parecer, transporta a diario por una empinada cuesta, por lo que a Rafael Portal le recuerda, metafóricamente, la figura de Sísifo en su eterno y repetitivo cometido que compara con la lucha cotidiana por la supervivencia de muchas familias monoparentales a cargo de mujeres.

Sin embargo, y a pesar de ser plenamente consciente del componente dramático de muchas de estas vidas, en los rostros que Portal Moreno nos revela no hay miedo ni hay crispación sino el poso de la sabiduría del tiempo. Hay fuerza, hay luz, hay sabiduría y esa es la belleza de la mujer que envejece. El propio autor manifiesta al respecto que “es en este juego de percepciones, donde se produce la belleza: el placer de contemplar y reconocerse en el otro, la emoción agradable de un acercamiento y el despertar humano que llevamos dentro. Por estos valores, el motivo y título de la presente obra.

El libro se compone de cuatro capítulos (Horas felices, Tiempo de primavera, Sueños de río y Tiempo en la orilla), cada uno de ellos introducido por un texto poético de autores muy certeramente escogidos (Federico García Lorca, Elisabeth Kübler-Ross, Alfonsina Storni y Rafael Alberti). A todas las fotografías las acompaña un texto poético que, aparentemente, no es una descripción o écfrasis de la misma, sino más bien, la impresión del momento captado. Como colofón el autor nos desvela la intrahistoria de cada fotografía, de cada personaje, revelando el secreto que el lector necesita para entender la emoción de sus palabras y de sus imágenes. Pero, sobre todo, este libro, en palabras del autor, psicólogo especializado en gerontología social, delata su propio descubrimiento del “valor de la vida, el valor y la sabiduría de nuestros mayores y la plenitud que puede existir en las últimas etapas de la existencia”, impartiendo cursos de inteligencia emocional a mujeres de edad avanzada. En estas charlas se vio sorprendido por las enseñanzas que de ellas aprendió dado que pudieron sobrevivir en una sociedad adversa que las había anulado como seres humanos.

Por todo ello las fotografías con las que nos encontramos nos sorprenden por su naturalidad o por haber sabido captar momentos muy concretos y significativos, al igual que simbólicos. En una de esas fotos aparece una mujer vestida de novia en una casa en ruinas acompañada de unos versos muy explícitos; “Quisiera que en mi vida / no se repita más aquella lúgubre sombra” (F13). Pero no todos los textos son tan narrativos: en la foto que realiza a Doña Zoilita (F14), en cuya casa se alojó cuando visitó las comunidades que bordean Gualaceo (Ecuador), el autor pudo vivenciar la gran paz y tranquilidad que se refleja en la mirada de la modelo que, unos años más joven había sido una de las impulsoras -frente al rechazo de autoridades y administración local- del asociacionismo y la formación de una cooperativa de mujeres. El autor poetiza “El instante es un aire entre rendijas,/ el lugar donde el ojo se detiene,/ la escasa presencia que dura / como una cena en casa de los pobres…”. En la foto aparece una niña, probablemente su nieta, dado que Rafael Portal no solo refleja en esta obra la vejez si no los diferentes ritos de paso que llevan hasta ella convirtiéndola en una fase más de la vida. Así, el paso de la juventud a la madurez queda reflejada en la magnífica fotografía que realiza a una mujer marroquí en su jaima (F11) o en la imagen tomada en una casa al norte de Marruecos (F27) en la que aparecen mujeres de la misma familia en las diferentes etapas de la vida (infancia, juventud, madurez y vejez).

Pero el verdadero valor de este libro es el trabajo de recuperación de lo femenino herido. La fuerza devastadora de lo masculino inconexo está teniendo consecuencias terribles para la humanidad y nuestro planeta. Nuestra sociedad es androcéntrica: ve el mundo desde una perspectiva masculina. ”Lo masculino es una fuerza arquetípica, no un género . Al igual que lo femenino, es una fuerza creadora que mora en cada hombre y mujer. Cuando se desequilibra y pierde su relación con la vida se hace combativo, crítico y destructivo…nada jamás es suficiente…necesitamos lo femenino húmedo, de lo contrario viviremos en un erial”.[5] Es por eso que hombres y mujeres debemos recuperar esos arquetipos perdidos, rechazados u olvidados, pues somos seres andróginos. Es muy significativo que, en todo momento, el autor muestre sus textos en primera persona, femenino y singular: es la mujer la que habla en todo momento y ello demuestra, que en cada hombre o mujer cohabitan valores y cualidades masculinas y/o femeninas desarrolladas o no en función de diferentes variantes fisiológicas, culturales, educacionales o religiosas. De su equilibrio depende nuestro futuro. En palabras de Simone de Beauvoir "No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Sólo la mediación ajena puede convertir un individuo en alteridad".[6]

La recuperación del principio femenino de conexión está patente en toda la obra. A la fotografía que tomó a una mujer Masái en la puerta de su cabaña (F31) le acompañan estos versos: “Y escuché la voz del todo, /de la belleza, de la naturaleza, / y me hice árbol en la rugosidad de su piel / y extendí las manos a mi familia de fresnos.” (F33). Como sabemos la mística oriental durante siglos ha afirmado este principio de conexión, algo que ahora ha demostrado la física cuántica cuyos cimientos instauró   Albert Einstein. Como afirma Fritjof Capra en su libro, EL TAO DE LA FÍSICA, “el rasgo más importante del concepto oriental del mundo -casi podría decirse que constituye su esencia- es la conciencia de la unidad e interrelación mutua existente entre todas las cosas y sucesos, la experiencia de todos los fenómenos que tienen lugar en el mundo como manifestaciones de una unidad básica[7]. El principio de conexión forma parte de los arquetipos femeninos que, al ser rechazados, hace que percibamos una realidad fragmentada y, a su vez, fulmina la esencia de la feminidad. Como afirma Mauren Murdock en su libro Ser mujer, un viaje heroico, “La única forma en que la mujer puede remediar este desequilibrio en su interior es llevando luz de la conciencia a la oscuridad. Debe estar dispuesta a enfrentarse y poner nombre a su sombra de tirano y liberarse de ella. Esto exige sacrificio consciente de los enganches inconscientes del poder del ego, a los beneficios económicos y a una forma de vida hipnótica y pasiva. Exige valor, compasión, humildad y tiempo[8], y continúa “las plantas, los animales, los minerales y el mar no existen para servir a la humanidad. Estamos interconectados y tenemos que aprender a ser uno con el mundo en lugar de controlarlo.” En este sentido esta obra conecta con la corriente ecofeminista, en su vertiente más espiritual.[9]

En los ojos de algunas de las mujeres fotografiadas vemos esa integración: ellas no han perdido su poder. En la fotografía de una mujer de etnia gitana (F7) así lo refleja. El duende y su poder se manifiestan y el autor poetiza “Bailo aferrada a la vida, / sin importar el tiempo, / sin entender su música. / Y siento mi mano en su mano / y en su cintura, / su pecho sin perder el latido.” En este sentido en la fotografía (F21) el autor nos muestra a una joven meditando y escribe “…de una realidad que me liberase / de las ataduras y arengas del mundo,/ de lo que me oprimía en una época / en la que los demás anulaban mi gobierno”.

En definitiva nos encontramos ante un libro impregnado de magia, de fuerza, de tenacidad y de dolor, pero un dolor transmutado que conmueve con su sinfonía de imágenes y palabras y que encierra un objetivo soterrado pero presente en cada página: la necesidad de integración de una humanidad sesgada y androcéntrica a través de la sanación del principio femenino de conexión que se trasluce en la mirada de muchas mujeres que, desde diferentes puntos del planeta, confluyen en una única voz poética.

 

 

Rafael Portal Moreno

EDICIONES FREDO, 2019

Málaga, 2020

 

 


[1] A. Danto, The Artworl. THE JURNAL OF PHILOSOPHY, 61

[2] Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido como George Santayana (Madrid, 16/12/1863- Roma 26/09/1952) fue un filósofo, ensayista, poeta y novelista español. Además de ser ciudadano español, Santayana creció y se formó en Estados Unidos. A los 48 años dejó de enseñar en la Universidad de Harvard y nunca más volvió a los Estados Unidos. Escribió sus obras en inglés, y es considerado un hombre de letras estadounidense. Su último deseo fue ser enterrado en el panteón español en Roma. Probablemente su cita más conocida sea «Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo», de La razón en el sentido común, el primero de los cinco volúmenes de su obra La vida en la razón.

[3] Eugenio Marongiu viene del mundo del fotoperiodismo y, como colaborador de Adobe Stock, es conocido por sus retratos íntimos y contemporáneos. https://blogs.adobe.com/creative/la-tendencia-del-realismo-como-encontrar-y-captar-las-mejores-imagenes-de-estilo-documental/

[4] El segundo sexo, Beauvoir, S., trad. de Alicia Martorell. Cátedra. Madrid,1998.

[5] Murdock, Mauren. SER MUJER: UN VIAJE HEROICO. GAIA EDICIONES, Madrid, 1993.

[6] El segundo sexo, Beauvoir, S., trad. de Alicia Martorell. Cátedra. Madrid,1998.

[7]Capra, F. EL TAO DE LA FISICA. Edit. SIRIO, MÁLAGA (pag.178)

[8] Murdock, Mauren. SER MUJER: UN VIAJE HEROICO. GAIA EDICIONES, Madrid, 1993.

[9] Ver Gámez Enríquez, Aurora. PRAXIS FEMINISTA EN MÁLAGA Y SU PROVINCIA. Colección ALAS de ENSAYO. Edit. VÉRTICE. Málaga, 2011.

 

 

 

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