29 mayo 2020

LUMBRE Y CENIZA

José Antonio Santano


Cuántas veces el hombre camina a la deriva, sin saber que en un instante todo puede cambiar, que una palabra cualquiera, un gesto, una mirada pueden eclosionar de tal manera que la vida, esa que nos mostraba su cara más ruinosa y dramática, nos refugia en su seno y nos procura un nuevo sentido, una nueva forma de contemplar lo que sucede delante de nuestras propias narices y antes se ocultaba con rigurosa severidad. La rutina nos desborda con tanta crueldad a veces que somos incapaces enfrentarnos a ella, de sacudirnos de un golpe su pesada carga, dejándonos llevar por la azarosa fortuna. Pasa que en contadas ocasiones se tiene la certeza de haber hallado el camino hacia alguna parte, por estar antes perdido y en ninguna. Pocas veces sucede, pero cuando se produce el hecho que nos alumbra y nos convierte en seres distintos, merece la pena recordarlo. En la vida, como en la poesía, la búsqueda por hallar esa luz redentora que nos sublima elevándonos a no se sabe qué planeta, es imperecedera. Cada poeta es uno y diferente, la experiencia siempre marca el camino, pero la voz siempre ha de ser propia, sin ambages de ningún tipo, una y singular, capaz de emocionar y contagiar al lector, de evocar y trascender la evocación misma, de hacernos temblar con el silencio de la palabra desnuda y libre. Así es como la poesía entra en connivencia con la vida, y viceversa, y una vez al compás de su música toda luz y verbo. Algo de todo esto acontece cuando uno se acerca al último poemario de Yolanda Izard (Béjar, Salamanca, 1959), titulado “Lumbre y ceniza”, galardonado con el Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana” 2019, también finalista del Premio de la Crítica de Castilla-León 2020. Yolanda Izard nos propone adentrarnos en su íntimo universo, en la palaba que dibuja desde la experiencia vital y cotidiana otros mundos, donde la honda reflexión va construyendo un edificio singular por su lenguaje y trascendencia de lo elegíaco, de la memoria que rastrea lo vivido y sentido. Nos depara Izard una aventura a la raíz del ser en consonancia estrecha con lo aprendido y la emoción que rige el corazón. Consigue la poeta contagiarnos de su depurada sensibilidad en un tiempo tan ajeno a la belleza del alma, en ella tan segura y fortalecida. La simbología, el uso de la metáfora, dentro de la más honesta tradición poética española, hacen que “Lumbre y ceniza” contenga verdaderas perlas poéticas. Esa fuerza interna que empodera los versos, surge como un ciclón lingüístico, metapoético unas veces: «La poesía debe ser otra cosa. / Debe anidar en parajes destartalados / donde apenas habita la sombra del lirio 7 Y despeñarse entre las arrugas del hombre / cinceladas con la tristeza. / Debe decir palabras que no hayan sido dichas / pues proceden de la imaginación de los ángeles / y de la inspiración del loco, / y alertar sobre el estado del corazón, / de su tendencia a recomponerse y naufragar / en cualquier sitio entre el mundo y las almas», y otras, como una intensa luz que ilumina el camino.  No es casual que nuestra poeta persiga a la palabra y la interiorice hasta ser otra y diferente, silenciosa y sonora a un tiempo, a ese inoculado en las venas y que surge para reconciliarnos con nosotros mismos. Así adopta ese tono elegíaco en su recuerdo del padre: «Puso su mano sobre hombro. / Abajo, más allá de la nieve, / sombras inquietantes envolvían mi casa, / pero alrededor de mi padre / solo había destellos/ del color del ámbar silencioso». Es la voz de Yolanda Izard en toda su esencialidad y autenticidad, destacada y singular: «De la oscuridad vengo yo, una mujer oscura y silenciosa / que siente la respiración del viento / y oye el llanto de los álamos».

 

 

Título: Lumbre y ceniza         

Autor: Yolanda Izard Anaya

Editorial: Devenir (2019)

 

 

 

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