29 abril 2020

Vivir con la pandemia

Manuel Gahete


El 25 de diciembre de 1836, a menos de dos meses de pegarse un tiro y a tres para cumplir los veintiocho años, Mariano José de Larra escribía en El Español: Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”. Ciertamente, y exceptuando siempre a los más afortunados, la sentencia de Larra constituye una realidad endémica en esta geografía de toro cuya piel parece por momentos resquebrajarse. Esto no significa que hemos de claudicar ante la desoladora panorámica de un país, culturalmente poderoso, al que solo interesa la literatura como pebetero o anécdota. Lamentablemente, en estos momentos de tensión inaudita que nos obliga a replegarnos, las exigencias en todos los planos de la vida son mucho más lancinantes porque agravan las diferencias y acucian con mayor rigor a los más desprotegidos. Porque no gozar del favor de los dioses es llorar no solo en Madrid sino en el mundo entero y, si esta convención es palmaria en los sectores más acreditados, se acrisola fatalmente en el vector de la cultura.

Pero, aunque nos duela y este dolor justifique cualquier clamor humano, me atrevo a pensar que ni siquiera podemos quejarnos cuando existen realidades superiores que superan las privativas realidades. A nadie le resulta extraño atestiguar que el poder se centra básicamente en la economía de mercado, vértice inequívoco de la inmensa minoría que capitaliza los destinos de la humanidad. Porque no nos equivoquemos, si el mundo va como va no es por culpa de los millones y millones de seres humanos condenados al hambre, la guerra, la enfermedad y la muerte, los cuatro arrolladores jinetes del apocalipsis a los que solemos recordar cuando nos encontramos muy cerca de sufrir cualquiera de sus desmanes, sino a tantos depredadores a los que no les importa en absoluto el destino de sus semejantes porque se consideran dignos de todos las prerrogativas y acreedores de todos los derechos.

La humildad, la generosidad y la tolerancia no suelen ser atributos habituales, sobre todo cuando tales virtudes empecen la soberbia, el egoísmo y las ideologías. Es absurdo un mundo cuyo álgido empeño es atesorar, peregrinas las razones sobre las que sustentamos nuestros actos, histriónicas todas las voces, estériles todos los esfuerzos, insuficiente todos los intentos cuando sabemos que cambiar algo no basta para dejar de ser lo que somos, para seguir siendo los mismos. 

Probablemente esto que ahora nos abate y que se ha llevado a algunos de nuestros seres más queridos, cuando pasen los meses o los años y el covid-19 se convierta en una manera más de abandonar la vida, como el infarto, la gripe o el cáncer, no sea más un recuerdo histórico del que se aprovecharán los gobernantes para ensoberbecerse, los antagonistas para desafiarse, los magnates para enriquecerse y los descerebrados para seguir sembrando el terror y la barbarie. La gente común seguirá malviviendo, o viviendo en el mejor de los casos, sometida a la frivolidad de las promesas, la frialdad de los poderosos y la negligencia de los prepotentes.

Este mundo no hay quien lo cambie mientras esté gobernado por espurios intereses y la justicia sea instrumento de opresión contra los débiles, por más que estos demuestren su coraje y su fortaleza. La paz es la razón por la que nos preparamos para la guerra, pero tal vez no quede más remedio a los pacíficos cuando la guerra más brutal e infecciosa se libra en el interior de aquellos que siguen blindados en su siniestro, impasible y oscuro corazón.

                                                                                  Manuel Gahete

 

 

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