7 marzo 2020

ESCONDIDA DETRÁS DE SU SOMBRERO

INMACULADA GARCÍA HARO


La poeta uruguaya Rocío Cardoso (Montevideo, 1955), nos ofrece un nuevo poemario que ha sido premiado en la Intendencia de Maldonado (Uruguay) con el PREMIO INCENTIVO 2018, por su compromiso en la lucha contra la violencia de género en el que, bajo el título, “Escondida detrás de su sombrero”, da voz a las mujeres que sufren esta terrible lacra. Con anterioridad los poemarios “Mujer dibujada de silencios” y “Una voz sin susurros” ya anunciaban su profunda inquietud y sensibilización.            

Rocío Cardoso ha codirigido en Uruguay durante más de una década la Editorial Botella al Mar, filial de la que fue fundada en Argentina por el poeta español Arturo Cuadrado en 1946 (Ediciones Botella al Mar), y que en 1950 publicó, nada más y nada menos, que a María Teresa León su libro de relatos, “Peregrinaciones de Teresa”, tal y como narra José Luís Ferris en la magnífica y recomendable biografía que hace de la autora[1]. Esta editorial, la argentina, ha continuado su andadura, dirigida desde 1976 por Alejandrina Devesconi y allí publicó sus primeros versos la mítica poeta Alejandra Pizarnik.

Con el talante con el que Rocío aborda todo lo que produce desde su labor de escritora, editora y gestora cultural, tal y como pudimos comprobar los participantes en el 17º ENCUENTRO INTERNACIONAL DE POETAS Y NARRADORES DE LAS DOS ORILLAS que presidía y que tuvo lugar en Punta del Este (Uruguay) en octubre de 2018, ella pone el punto sobre las ies. Estos versos describen certeramente lo que sucede en algunos, quizás demasiados, escenarios domésticos que se convierten, por desgracia, en la escena del crimen en el que nos introduce metafóricamente a través del “sombrero”, un hábil atrezzo que convierte en símbolo de los prejuicios más explícitos de la sociedad patriarcal y que contiene una doble acepción: un rostro que se oculta detrás de la masculinidad del “otro”, que se esconde detrás de él y, a su vez, una mujer que vuelve a ponerse aquel sombrero que otras dejaron con valentía en las primeras décadas del siglo XX [2]haciendo un guiño a aquellas mujeres, las Sinsombrero, que fueron pioneras en la lucha por la igualdad de género.

Para Rocío Cardoso en este poemario “enfatiza a través de la poesía esa hegemonía del poder del hombre sobre la mujer superponiendo dos dimensiones temporales, en un doble juego entre la violencia y el dolor de una mujer que se oculta para esconder su cuerpo”. Esta visión se traduce de forma magistral en los versos que contiene: “nuevas confusiones / habitan sus ojos / cuando él se va silbando / esa canción terrible”, todo ello ilustrado con la certera pincelada de pintor Guillermo Martín Ceballos.

Así, Rocío Cardoso, se une a otras tantas voces que, desde múltiples disciplinas artísticas y literarias, se rebelan contra esta realidad. Numerosas autoras y grupos de mujeres artistas han prestado su labor para esta causa que, como afirma Simone de Beauvoir en su obra “El segundo sexo”[3], es la revolución más importante de la humanidad después de la Revolución Neolítica y esto no ha hecho nada más que empezar. Queda mucho por hacer dado que la no erradicación de la lacra de la desigualdad de género se traduce en múltiples y escalofriantes facetas (la trata de personas con fines sexuales, la práctica de la mutilación genital femenina, etc) y nos hablan de un panorama en el que podemos observar las terribles circunstancias por las que atraviesan gran parte de las mujeres que habitan nuestro planeta. En definitiva: el maltrato físico de la mujer y su cara más terrible, su asesinato, es la punta del iceberg de un problema de raíces más profundas.

Para entender lo que podemos llamar como el malditismo de lo femenino debemos remontarnos a etapas anteriores a las actuales religiones “del libro”, la judaica, la cristiana y la musulmana. En la evolución de las representaciones de las deidades femeninas de la antigüedad hasta la advocación de la diosa Astarté se ve claramente la evolución hacia la sociedad patriarcal. Así pues, antes que al dios-padre se adora a la diosa-madre. Los primeros ritos religiosos de culto, anteriores a toda civilización, se dirigen a la fertilidad, al vientre-madre. Sus ídolos votivos son las llamadas “venus”, diosas femeninas con pechos y vientres abultados. Este universo matriarcal viene a entrar en crisis con la aparición de la figura del padre al ser descubierto su papel en la procreación. En la zona del Creciente Fértil, también llamado Media Luna Fértil, se sitúa el origen de la revolución neolítica (agricultura y ganadería) y, posteriormente, de la civilización. Allí, concretamente en Mesopotamia, en principio, la diosa era llamada Inanna, después Istar y, por último, Astarté, diosa guerrera con más caracteres masculinos que femeninos, último eslabón hacia las llamadas “religiones del libro” o religiones del patriarcado que antes hemos mencionado. Estas consideran a la deidad como única y masculina, y en sus extremos más fundamentalistas tapa el rostro de la mujer o, simplemente, las considera impuras. Por eso la mujer escondida detrás de su sombrero que Rocío Cardoso nos describe “cubre su rostro / no hay plegarias / que puedan liberarla / y ser un pájaro libre / para escapar de esa trampa”.

Por tanto, podemos considerar estos giros antropológicos y religiosos como el origen del malditismo femenino que hunde sus raíces en la tradición judaica. Tal y como nos muestra Erika de Bornay en su libro La hijas de Lilith, “Si entre los Padres de la iglesia, las sentencias, acusaciones y anatemas contra la mujer son abundantes, aún más sorprendente resulta el concepto que se tiene de ella en la tradición religiosa judaica, cuya misoginia, en particular la de los rabinos, es bien conocida” y cita textualmente la alabanza que el hombre religioso judío recita cada mañana: “loado sea el Señor, rey del Universo, por no haberme hecho mujer.” San Pablo, judío de nacimiento y formación, se encargaría de transmitir ese pensamiento al cristianismo, siendo él quien introduce juicios de valor ausentes en el Génesis cuando afirma que “Adán fue formado primero, y después Eva como inferior” e, igualmente, señala que “Fue la causa de la prevaricación del hombre[4]. Por eso Rocío Cardoso afirma que “… ella / se esconde / con la soga de la muerte / debajo de la mesa/ y / escucha los pájaros malditos / que huyen / al caer el poniente.”

Pero ¿por qué ese afán de ocultar lo femenino, de condenarlo? Quizás la respuesta la encontremos en el libro de la creación, el Génesis, donde aparece el mito de la expulsión del paraíso que encierra la base de esta peversión: Un acto de Eva, la primera mujer, afecta a toda la humanidad y la condena. Es lo que se conoce en el ámbito judeocristiano como “pecado original”. Pero ¿cuál fue realmente ese pecado? ¿cuál fue la fechoría de Eva que hace que se nos continúe tachando de inferiores, impuras, insuficientes, inútiles, etc? ¿qué es lo que rechazan, en definitiva, esas religiones? La respuesta es muy sencilla: Eva realizó el primer acto de libertad humana. Y eso mismo es lo que Rocío Cardoso traduce en el esperanzador mensaje de este poemario donde la mujer “en el reverso del día / camina descalza / buscando una plegaria/para dejar de ser / agonía en el viento” y “en la noche / el mar besa la playa / con el salino aroma /de la libertad.”

La fuerza devastadora de lo masculino inconexo está teniendo consecuencias terribles para la humanidad y nuestro planeta. Nuestra sociedad es androcéntrica: ve el mundo desde una perspectiva masculina. Es por eso que hombres y mujeres debemos recuperar esos arquetipos perdidos, rechazados u olvidados, pues somos seres andróginos.  En cada hombre o mujer cohabitan valores y cualidades masculinas y/o femeninas desarrolladas o no en función de diferentes variantes fisiológicas, culturales, educacionales o religiosas. De su equilibrio depende nuestro futuro. En palabras de Simone de Beavoir "No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Sólo la mediación ajena puede convertir un individuo en alteridad".[5]

Este conjunto de poemas puede considerarse un homenaje a aquellas mujeres que, a pesar de no poder tener control sobre sus cuerpos, y en circunstancias por lo general adversas, han seguido el cauce de la vida criando y amando a las personas que hemos vivido a través de ellas dado que ha sido mayor esa fuerza inmensa y ancestral llamada amor que todos los interrogantes y motivos que la mente humana pudiera objetar. Pero sobre todo es un homenaje a todas las mujeres que han perdido la vida queriendo ejercer el derecho intrínseco de ser únicas dueñas y creadoras de su propia vida, homenaje con el que Rocío Cardoso se une a esta RED de REDES de creadoras que conspiramos para deshacer las cadenas que oprimen el libre y pleno desarrollo de los seres humanos a través de la sanación de lo femenino herido.

 

 

“Escondida detrás de su sombrero”

Rocío Cardoso

Edit. ExLibric (Antequera, Málaga -España-, 2020)

 


[1] Ferris, J. L. Palabras contra el olvido: vida y obra de María Teresa León (1903-1988). Fundación José Manuel Lara, 2017

[2] Wollendrf, Lisa. Literatura y feminismo en España. Icaria. Barcelona,2005.

[3] El segundo sexo, Beauvoir, S., trad. de Alicia Martorell. Cátedra. Madrid,1998.

[4]Las hijas de Lilith” Erika de Bornay Ensayos de Arte Cátedra. Edit Cátedra. 2008

[5] El segundo sexo, Beauvoir, S., trad. de Alicia Martorell. Cátedra. Madrid,1998.

 

 

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