11 febrero 2019

SEÑALES SUBJETIVAS DE JOSÉ MARÍA MOLINA CABALLERO

Ana Herrera


El último libro de José María Molina Caballero lleva por título Señales subjetivas. Ha sido editado por Ánfora Nova en noviembre de 2018, está dedicado a sus dos grandes amores, su mujer y su hija, y cuenta con un magnífico prólogo, lleno de maestría y afecto hacia el poeta, a cargo de Federico Mayor Zaragoza.

“La vida es la luz y la sombra rota del tiempo y sus señales subjetivas”. Así se abre el poemario, con esta primera cita del autor. Cierto es que la vida es un camino de luces y de sombras que se alternan, se complementan y, a veces, conviven. Conforman el pasado, envuelven el presente y se muestran como una neblina intensa hacia el futuro. Y en ese camino hacia la eternidad solo un acervo de “señales subjetivas” marcan la diferencia entre los seres humanos: el mundo de los sueños, los espacios de la beldad, la pasión que refleja el amor, la fuerza interior… En definitiva, la mano que se tiende al universo. Es así como la voz poética es capaz de conducirnos por la senda de sus ideales, de sus recuerdos y nostalgias -Ubi sunt-, del tiempo que huye y arrastra lo vivido como un huracán en furia -Tempus fugit-, de la admiración por la belleza, de la sintonía con la naturaleza que lo rodea, del amor en su más absoluta expresión.

Afirma el sabio escritor Paulo Coelho que “No todos pueden ver los sueños de la misma manera”. En el “Introito” de esta obra aparece la primera señal subjetiva que nos adentra en ellos: “Nos duele despedirnos de los sueños y levantar los ojos de las dudas”. Cerrar una puerta, aceptar la derrota, conformarse con la más estricta realidad es una de las situaciones más difíciles que hemos de soportar. Luego, en su primer poema refleja la “sinrazón” del paso del tiempo cargado con el dolor del pasado y la mentira del presente, mientras “Soportamos las pruebas de la vida / en los designios del hilo prendido / en el perenne mar de nuestras dudas”. Pero aunque existan esas dudas, debemos seguir caminando. Al tiempo, desde estos primeros versos, José María Molina Caballero se nos muestra como un maestro de la metáfora que cubre toda su obra: “Nuestras huellas descansan en las nubes / adosadas a la espalda del cielo”. Son nuestras vivencias del pasado las que ajustan nuestras vidas.

La segunda señal subjetiva abre el capítulo II: “Hasta la luz es la sombra que espera”. Aparecen en este apartado alusiones directas a las sombras de la nocturnidad: “Cada noche resuenan nuestras almas” y “En las sombras de la noche construimos / la blanca transparencia de un abrazo”, donde el uso de la antítesis sombra-noche / blanca transparencia, en estos dos últimos versos, unido a la fuerza del abrazo despiden un exquisito aroma de sensibilidad y elegancia.  Desde las sombras del otoño, cargadas de memoria se avanza hacia “los amaneceres” de la primavera: “Es primavera, y en mi sangre late / la savia palpitante de los vivos”, de un nuevo renacimiento. Y la luz también se encuentra en la derrota, quizás la primera y última señal de la clarividencia. El dolor de la voz poética ante la ausencia y la distancia se viste con las brumas del invierno y enmarcan la rutina del paso de los días. Mientras, el tiempo fluye rodeado de silencio llevándose la vida, y eso es doloroso. Observamos las continuas referencias a un tú, un tú amoroso al que se dirige el sujeto poético, que se erige en “dueña de sus huellas” y que se representa en los ojos, en los labios, en las pestañas, en las pisadas… Y un marco, sin duda, de incomparable hermosura se nos muestra a continuación en las manos de la naturaleza: las estrellas, el cielo, el viento, la tormenta, la aurora, las hojas, los olmos, y la poderosa voz del agua, el agua que “rompe voces y distancias”, de donde brotan “ecos y caricias”, que “te atrapa y te vence”, que “te redime del llanto”, que lo “vuelve todo puro”. Como decía el gran filósofo Francis Bacon: “Para que la luz brille intensamente, la oscuridad debe estar presente”. Y de ese sentir se hacen eco las palabras del poeta.

Tercera señal subjetiva: “El pasado no existe tal como era”. Escuchemos también la voz de otro maestro, Deepak Chopra: Cada vez que tomas una actitud con respecto al tiempo, en realidad expresas algo sobre ti mismo. El tiempo, en un sentido subjetivo, es un espejo”. El pasado es “el ayer” donde “están vivas las huellas de agua y ceniza”, nos dice Molina Caballero, ese espejo de Chopra, que refleja la luz y la sombra, la vida y la muerte. Construyendo versos paralelos (“Hoy es propicio”), y bellas anáforas (“Aguas”), el sujeto poético nos invita a viajar por “el paisaje interior de nuestra existencia” y el siempre “insondable mar de nuestras dudas”. La mirada al pasado se vuelca ahora en la mujer desnuda posando para los artistas clásicos, en la urgencia del olvido y el perdón de los errores, en la exaltación sublime de la belleza: “La belleza es un mágico consuelo / un infinito don que nutre el alma”. Ya lo cantaba Víctor Hugo: “Amar la belleza es ver la luz”. Así pues, reafirmándose en este pensamiento del famoso poeta francés, la belleza conduce a la luz, “la belleza es alivio para todos”, en la expresión del yo poético. Esa mirada al pasado se llena de nostalgia al tiempo que es perseguida por “los colmillos de la muerte” y “la caducidad de los días”. Termina este capítulo con un “Ultimatum” a las mujeres de vidas jubilosas, con historias clandestinas: “La falsedad de besos y caricias / penetra y rompe los trozos de tu alma”. Y es esta última mirada al alma ajena la que nos muestra la conciencia humanista de Molina Caballero.

Cuarta señal subjetiva: “El olvido nos busca y nos encuentra”. La mirada hacia otros días lejanos, que vuelven siempre entre silencios, se abre aquí con el poema “Stand By” hilvanado con bellísimas personificaciones y metáforas: “Mañana volverás con tus silencios/ y soñaré con los paisajes fríos, / de aquellos años en los que la luna / me acompañaba con sus manos blancas / y me abrazaba con melancolía”. “Es hora” dice el poeta, de olvidar lo que nos aturde, al tiempo que lanza su grito desgarrador de nuevo ante el paso del tiempo “que nos ignora / y nos oxida sin ningún remedio”. El campo asociativo de su léxico sigue girando en torno a las luces y las sombras, las huellas, la nostalgia, la ceniza, la caducidad, la niebla, los horizontes, la zozobra, el tiempo, los sueños…, sin perder de rumbo ese ayer que llega a nosotros en silencio porque solo es capaz de manifestarse a través de la voz figurada de los recuerdos. Qué maravillosos versos se asoman a nuestras retinas: “Paredes de memorias silenciosas / construyen la sonata del olvido”. Al final, terminamos olvidando casi todo lo que abrigan esas paredes de luz y ceniza. El poema “Flash Back”, de exquisita ternura, se asoma posiblemente al cristal de un amor lejano, idealizando sus dedos, su rostro, su piel, sus ojos, su mirada, sus manos, sus caricias, en una sinfonía perfecta: “Ella se contemplaba sobre el agua / y yo miraba el agua de sus ojos. / Ella palpaba el sol de la mañana / y yo miraba el sol de sus ojos”. Afirma el autor: “la vida terminó de ser un cuento” y la única “Terapia de choque” -penúltimo poema de esta parte- es “una dosis de caricias / […] / que evita la simiente del olvido”. El amor, pues, es la auténtica medicina contra el olvido. Se reitera en la fuerza de la expresión amorosa en el poema final. “Nada es más grande que la dulce luz / centinela del sol de tu mirada”.

Quinta señal subjetiva: “Los destellos de la vida son sueños / que laten y caducan sin remedio”. De nuevo sus versos fluyen entre el amor, los destellos del tiempo y los sueños encaramados en sus pupilas, su mirada, sus labios, sus ojos, sus sienes, su risa, sus alas, sus días, su perfume, sus adentros, sus aguas fecundas. La pasión que despierta en el corazón del poeta la persona amada es la fuente de la que brota el manantial de sus versos: “Aromas de miel que de luz te colman”.

La sexta y última señal subjetiva aparece en el epílogo construido sobre un único poema, “Paraísos efímeros”: “La esperanza es un préstamo que siempre / hemos de devolver sin intereses”. La conclusión se resume en el título, donde el tópico literario del Tempus fugit se muestra en toda su intensidad. Todos los paraísos construidos nos son arrebatados con el paso del tiempo y la caducidad de la vida, pero hay “miradas relucientes” que van “purificando la luz renovada / de los días… / y el cielo abre de par en par sus puertas / en los pozos del tiempo desolado”. Ese mismo pensamiento comparte Desmond Tutu: “La esperanza es ser capaz de ver que hay una luz a pesar de toda la oscuridad”.

             Mi más sincera enhorabuena a José María Molina Caballero por esta exquisita poesía de versos endecasílabos y rima libre, arropada de bellos recursos literarios, y brillante tono filosófico, que nos envuelve el alma y los sentidos. En cierta ocasión escribí: “Es el tiempo de las horas felices / de la belleza en la plaza y de la aurora en las fuentes / y cuando quede atrás el peso de las profundas contradicciones / solo esta dicha será un tesoro en el diván de mi memoria”. La vida es un camino de luces y de sombras sujeto a las leyes del recuerdo del que podemos rescatar lo mejor de lo soñado, lo mejor de lo vivido.

            Querido lector, te invito a leer este libro de uno de los más insignes poetas andaluces de nuestro tiempo, con la esperanza de que la belleza de la poesía acaricie tus manos con amor.

 

“Señales subjetivas”

José María Molina Caballero

Ánfora Nova (Rute, 2018)

 

 

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