17 junio 2018

NO TIENES PERDÓN DE DIOS

Francisco Vélez Nieto


No le corrió bien la suerte a Hilario Godinez en la prodigiosa aventura poseída del deseo de alcanzar rica prosa literaria como sueño absoluto de vida, por lo que su propia existencia No tiense perdón de Dios, que es el título que le han puesto a sus andanzas. Claro que teniendo muy en cuenta que a toda pasión de deseo se le pueden escurrir las uvas por el zumo. Arrastrando todas sus pretensiones literarias, hasta quedar ejerciendo de redactor de crónicas deportivas  del mundo futbolero y sus estrechas pasiones. En una actualidad social donde lo deportivo no se limita en el correr de once contra once a ver quién gana, sino que existe una trastienda de intereses creados y pasionales, que deslumbran a los criminales de la ciudad. Acá entonces su vida se  encuentra en una acumulación de frustraciones y peligros, que gracias a una correspondencia  con una extraña y enigmática dama enigmática mantiene la esperanza.

Todo un tenso y crudo relato que muestra la tenebrosidad social que se padece en carne viva, mundo, cruel en el que nuestro personaje desesperadamente logra ir conquistando espacio para el amor

Y así va la historia entre desgana por tan insulso oficio de periodista deportivo de provincia, cuando una mañana, sin embargo, el cuerpo desmembrado del futbolista Torito Medina aparece en un muladar de las afueras. Lo sitúa en medio de un torbellino de intereses caprichosos y no menos amenazadores de los capos de la drogas, apasionados ultras balompédicos con preferencias por equipos y partidos de fútbol concretos. Enredado desafío dado el fanatismo amenazador que, para poder salvar su pellejo, nuestro personaje, debe saber nadar y guardar la ropa a la hora de redactar  sus crónicas deportivas que no encrespen a tan recalcitrantes mandatarios, capaces y capataces de los más inverosímiles e inimaginables desagravios para que su equipo no pierda o baje de categoría en la liga balompédica.

Nos encontramos, pues, posible lector, no se lo pierda, ante un libro póstumo de Antonio Sarabia (México D.F., 1944 – Lisboa, 217), que evoca la lírica de la mejor literatura de un autor agradecido que él mismo nos lo recuerda por ser: “un perdedor, un idealista que escogió estudiar letras por culpa de una débil e injustificada vocación literaria” y que ahora, en una ciudad del norte de México, se dedica a escribir la columna deportiva del periódico “El Sol de Hoy”. Tan poco atractiva para poder llenarla de personalidad propia digna de elogio a su vida sentimental, que sobrevuela el trajinar diario frente  a un personaje poseedor de una cicatriz en su rosto que es todo una tarjeta de visita de  capacidad destructiva, mientras, por ejemplo, muestra lo que es poder incluso comiendo unos frijoles de los  mejor preparados en todo México.

Nos encontramos, pues, posible lector, no se lo pierda, ante un libro póstumo de Antonio Sarabia, que evoca la lírica de la mejor literatura de un autor agradecido

De manera que su mundo cuando se acerca a los cuarenta años de existencia no tiene nada de envidiable, en ese cosmos terrorífico y pantanoso gran país que es México donde hasta la criatura más inocente puede tener su vida colgada de un hilo. Y una enlutada muestra sobre la historia, cuenta como ejemplo la faena de los sicarios de un peligroso narcotraficante. Irrumpen violentamente en la redacción del periódico en el que trabaja como represalia por la publicación de una noticia relacionada con el descubrimiento de un cadáver desmembrado, a los que le sigue una sucesión de otras infelices víctima. Nuestro protagonista Hilario Godínez decide arriesgarse e investigar por su cuenta la sinrazón de tan macabros acontecimientos

Todo un tenso y crudo relato que muestra la tenebrosidad social que se padece en carne viva, mundo, cruel en el que nuestro personaje desesperadamente logra ir conquistando espacio para el amor frente al permanente luto del desvarío deshumanizado mundo de la droga. Obra póstuma que  lo consagra como unos de los grandes escritores mexicanos. 

 

“No tienes perdón de dios”

Antonio Saravia

 

 

 

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