1 mayo 2018

La poesía existencialista de Fernando Cabrita

José Sarria


Fue el poeta sevillano, D. Antonio Machado, quien escribió: “Algunas rimas revelan muchas horas gastadas en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo”. Al afrontar la ingente obra del poeta portugués, Fernando Cabrita, se presiente esa sensación, pues la suya no es una poesía coyuntural, sujeta a modas más o menos ocurrentes o vaivenes comerciales. Buena prueba de ello es su última entrega “El sermón de la montaña”, donde Cabrita muestra un texto profundamente reflexivo, con un marcado sentido existencialista, en donde la contemplación y el recuerdo conforman el pulso vital del autor a través de la mirada que se instala en la búsqueda permanente del sentido vital, alcanzable a través del lenguaje poético.

“En las montañas de Wengen fuimos absolutamente felices, / fuimos absolutamente libres”.  Con estos magníficos versos, carta de presentación del poeta, se abre el poemario a modo de tímpano catedralicio, donde mantiene un intenso recogimiento existencial que contenía, en parte, su anterior entrega: “Oda a Europa muerta”; introspección metafísica de la que se nutre toda poesía, como dijera Ramón Pérez Ayala: encontrar el sentido de Dios, del amor o de la muerte. Y, desde el hombre que ha visto otros lugares, que ha viajado, que ha conocido, que ha leído, en definitiva, que rebosa experiencias, llega a la conclusión que se incluye al abrir el poemario y que recorre transversalmente todas las composiciones, hilvanado con el sabor doliente de quien ha sufrido todo proceso de indagación, recorriendo aquellas lejanas islas que se extendían en los límites del olvido; porque, después de haber vivido, de haber amado, de haber visto morir a los amigos, su pensamiento final alcanza a enhebrar esta determinante conclusión: “Un viejo y sus gatos nos muestran la alta belleza que hay en la paz, nos enseñan a amar el silencio y la voz del viento. En las montañas de Wengen fuimos completamente felices”.

Llama la atención el valor de la palabra poética cuando es auténtica, que se constituye en palabra permanente (decía Hölderlin que “lo permanente lo instauran los poetas”), puesto que la primera parte del poemario fue escrito entre Olháo y Nueva York en el año 1977. Estructurado en dos partes, bajo los títulos de “El sermón de la montaña”, trazado en ocho poemas largos y “Oda en viaje”, de un único y extenso poema, Fernando Cabrita desarrolla su poesía a través de construcciones dilatadas, destinadas a construir un continuum semántico desde el que enarbolar el compromiso del poeta con su tiempo y su momento, desde una reflexión de tonalidad nostálgica y afligida, a veces desolada: “Cada sacudida un / estremecimiento, un nombre que viene, un recuerdo, una / breve incertidumbre”, “Como el viento se fueron  deslizando / nuestros días por esta espiral” o “En verdad, fuimos como fuimos / y no somos más. El sueño ha sido rápido como el color del día”.

Bajo la metáfora del viaje (en tren o en avión): “A la sombra de la memoria el tren continúa su curso …/… Toda la tierra se reduce a un largo camino hecho de hierro, a un gran punto donde las locomotoras buscan en la oscuridad, una ruta que los raíles trazan, inexorables”, “El sermón de la montaña” se erige como un poemario que va desgranando la evolución del exilio personal, del transcurso de la existencia, de la ruptura amorosa o la diáspora, la mirada interior y la memoria como recursos a través de los cuales hacer posible el estancamiento del tiempo para dar paso al prodigio de la inmortalidad, gracias a la resurrección que se instala en las palabras.

La historia, el recorrido vital, en donde encontraremos a Allen Ginsberg, fantasma de la Tánger internacional, a Mallarmé saludando a los suyos o al ruiseñor de Keats, no es un mero acta notarial, ni una crónica de viajes, sino una realidad transubstanciada por el recurso de la evocación, de donde van emergiendo remembranzas, imágenes y experiencias, para alcanzar con el poeta la edad en la que la vida es recorrida como el paso de las páginas de un álbum lleno de estampas que, a modo de impresiones, han quedado grabadas en el corazón de quien ha adquirido madurez y las contempla como un todo gracias al recuerdo, a la añoranza, a la esperanza: “Sigo soñando la oda que todo lo diga y todo lo resuma / en esa sola palabra …/… Dame la oda, la oda, la oda, / la oda-sueño donde todo se confunde con todo …/… El sueño, el sueño, el sueño / Sueño la oda que diga todo cuanto diré jamás”.

Fernando Cabrita posee el arte, la maestría de los grandes poetas, aquellos que tienen la capacidad de contar sus experiencias para universalizarlas, hasta que se convierten en nosotros mismos y nos identifican, y nos llevan también a nuestros recuerdos, y nos sanan, y nos redimen, y nos salvan.

Y ésta, es la conclusión a la que llega el poeta, el sentido de la vida que se encuentra en este sermón de la montaña que hoy nos ofrece Fernando: la celebración y la necesidad de saborear la existencia, el aprender a ser, muy por encima de todas las vanidades que nos ofrece el mundo y que nos llevan a una neoesclavitud, la peor de todas las que hasta ahora hemos conocido: la autoesclavitud que se establece desde el falso convencimiento de que quien más tiene más feliz es. Pero el poeta ha descubierto, desde el reposo que le ofrece una edad madura, tras haber pasado por decenas de experiencias, de decadentes momentos, de tragedias personales, con una “indescriptible melancolía”, aprendiendo con el suicidio de Maiakovski que se disparó en el corazón para evitar Rusia o desde la jaula de Pound, que la única paz real, verdadera, el único sosiego posible se puede descubrir, serenamente, en la contemplación de ese “viejo y sus gatos, que nos muestran la alta belleza que hay en la paz y nos enseñan a amar el silencio y la voz del viento, allá, en las montañas de Wengen”.

Es, en definitiva, un poemario doliente, canto al tiempo sucedido, al tiempo perdido en el propio tiempo, que tiene mucho que ver con la superación del intimismo subjetivista (en la línea de la consideración cordial de lo íntimo o personal de la que tanto hablara Machado: “Palabra en el tiempo”, escribiría el poeta sevillano), en un claro intento por dar sentido, explicación o interpretación a la propia existencia desde el rescate de los recuerdos que viven y sobreviven al paso de las horas sumergidas: “Viejo Pound, animal libre, qué bien lo sabías: / lo que de verdad amas, permanece, / lo que de verdad amas jamás te será arrancado”.

FERNANDO CABRITA. Nace en Olhao (Portugal), en el año 1954. Es abogado y escritor portugués con más de 30 títulos entre poesía, crítica literaria y ensayo, editados en Portugal, España, Puerto Rico, Marruecos y Francia. Su obra poética ha recogido diversos premios literarios como el Nacional Sílex en 1980; Premio Cidade de Olhão en 1987; Premio Emiliano da Costa en 1987; Premio Oliva Guerra en 1998; Premio João de Deus en 1995; Premio Nacional João de Deus en 1997; Premio Nacional de Poesía Mario Viegas en 2008 y Premio Internacional de Poesía Palabra Ibérica en 2011. Es participante invitado a representar la poesía contemporánea portuguesa en distintos Festivales Internacionales y Ferias del Libro en España, Marruecos, Irlanda, Francia o Turquía. Es, desde 2015, organizador y director del Festival Internacional Poesía a Sul (Algarve, Portugal).

 

 

 

Web patrocinada

Unicaja Obra Social

SALUDA PRESIDENTE

Saluda Presidente Manuel Gahete

Manuel Gahete.

Últimos premiados