25 marzo 2018

JOSÉ LUIS TEJADA, POETA NÁUFRAGO

Juan Andivia Gómez


            Únicamente cuando estudiaba literatura española contemporánea en la facultad me hablaron de José Luis Tejada, pero muy de paso. También es verdad que nunca hay tiempo suficiente y que nuestra nómina de escritores es tan amplia que no cabían detenidamente en menos de cien horas (y eso cuando yo la cursé, porque ahora se imparten entre 45 y 60 horas, creo). Obviamente, no hablo del bachillerato, donde ni antes ni ahora se llega a la segunda mitad del siglo XX sin precipitaciones ni apuntes para salvar el currículo, que no la formación.

            No entiendo cómo se sigue confundiendo la historia de la literatura con la esencia de la asignatura; y en esto coincido con Juan Bonilla que, en el prólogo de la reedición de Razón de ser, del autor que mencionaba al principio; y con tantos docentes que aman los textos y no las fechas.

            A José Luis Tejada se le recuerda en Cádiz, y me da la impresión que ni siquiera en el instituto que lleva su nombre, en el Puerto de Santa María, se estudia su obra, porque esto de los poetas de la llamada generación de los cincuenta es cosa curiosa. Por relacionarlos, se incluye a Valente, Gamoneda, Gil de Biedma y Ángel González, como más notables y a Ángel Crespo, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún, Barral, Caballero Bonald, Brines, Félix Grande, Fernando Quiñones, Atencia, Alcántara y otros. También se incluye a José Hierro, pero es que desde 1947 habría que incluirlo en casi todas las periodizaciones, lo mismo que al inclasificable Rafael Pérez Estrada.

            Las generaciones van por barrios, modas, intereses editoriales y provincias. Con la fertilidad de nuestra tierra, se nos agotarían las páginas llenas de nombres.

            Diferente sería si las antologías lo fueran de los mejores poemas de cada época y no de los personajes que, por estar en donde debían estar en el momento oportuno, salieron en ellas. Así y todo, siendo cualquier relación muy discutible, no comprendo que se ignore a José Luis Tejada.

            En mis polvorientos estantes encuentro los libros que me hablaban de estos años y estos poetas. Encuentro dos obras del estudioso José Luis Cano: Poesía española contemporánea, editada en 1974 por Guadarrama y Lírica española de hoy, de 1983, por Cátedra. No aparece en ninguno de ellas y eso que el antólogo era de Algeciras (o quizá por eso).

            Naturalmente, internet lo cambia todo, hay desde un sitio personal: www.poeta-joseluistejada.org/, hasta muchas entradas en otras webs, que si lo buscamos por la generación de los 50 tampoco lo incluyen.

            Creo que es justo dedicarle a este poeta la atención que merece y lo hago ahora porque su hijo Jesús me ha dado a conocer su magnífica obra Razón de ser, publicada por vez primera en 1967 por el Instituto de Cultura Hispánica y finalista del Premio Leopoldo Panero del año anterior, reeditada en  una edición abreviada por la Diputación de Málaga en 1976 y, ahora, por La Isla de Sistolá, de Sevilla. Y me ha impresionado.

            El libro tiene cinco partes desiguales en extensión, pero idénticas en intensidad, si bien las dos primeras parecen resumir todo su contenido. Tejada empieza con unos versos desesperanzados:

 

            No hay solución. Ni a solas ni con nadie.

            Somos cosa perdida.

            Los besos dan más sed; lo he comprobado.

            Amor va contra amor.

 

pero que anuncian la necesidad de un sentimiento al que teme, el desengaño con un dios que no refleja su perfección en la obra humana y una soledad cierta e insuperable. En esta aparente digresión, alterna lo discursivo con lo sublime y lo cotidiano con lo universal porque, como tantos poetas, espera salvarse con la poesía y tampoco lo consigue con su palabra limitada, ajena e incompleta.

            Es desolador, sí, pero envolvente e íntimo; y para intentar solucionarlo llama a esta parte con el título del libro y, para designar la segunda, alterna los términos: Ser con razones.

            Tres sonetos explican ahora que la única razón es el amor, a los demás, a Dios, e incluso a uno mismo; recuerda a Blas de Otero en su interpelación del segundo poema y se funde en un todos o ninguno en el tercero. Es decir, las razones existen, pero son difíciles o inalcanzables, como continuará escribiendo.

            Para una persona que se ha confesado ya sola y necesitada de comunicación, las consolaciones, como sucedáneo, pueden ser un remedio. Y así es como llama a la tercera parte.

Empieza pensando que la carne, en la que cree, quizá pueda llenar ese todos que anhela, se detiene en la dificultad de amar y ser amado pero, en su obstinación, y a pesar de su desconfianza primera, culmina el poema con estos versos magníficos:

 

            Anda, encaja en tus pechos mi corazón antiguo,

            vamos, que aún sobra espacio entre nosotros,

            acóplame a tus vanos como un viento calino

            y agáchate, que va a pasar la muerte; no nos llegue a rozar.

 

            “No nos llegue a rozar”: Si sólo hubiera leído los dos fragmentos que anteceden, ya intuiría que un poeta grande estaba detrás de ellos, o mejor, en su gestación, e igualmente buscaría algo más qué leer, porque el consuelo llega ahora con la amistad, a la que define de manera agridulce: “como una real gana de llorar/ que no es triste, que no quiere/dejar nunca de ser gana/de llorar” y en su definición se extiende en símiles continuos, ensartados en versos eneasílabos de rima aguda.

            Muy relevante es el poema “Consolación por la estirpe”, que sigue a la “Consolación por la esperanza” y antecede a “Consolación por la ironía”, último de este apartado, donde asegura que su “negocio es un ocio a manos llenas” y, por eso, escribe poemas a la patria, a la novia y a Dios, para que un público enfervorecido consuma lo que les aplaca y les hace comprender el mundo (mentira); porque él no hace nada, pierde el tiempo con imaginación y da por concluido que la poesía no vale más que el fútbol o los toros, “Y todos tan campantes. A tomar su aire en paz.” Y yo vuelvo a añadir:  Mentira.

            Razón de ser acaba con una sección llamada “Breviario de urgencia” que, como tal, incluye tres oraciones: Por los españoles sin España, por los habitantes de la noche y por los condenados.

En cada uno/una se acuerda de quienes sufren algún dolor inasible, como el de estar fuera, como el de tener que irse; aunque el poema cumbre es el segundo, donde pide a un dios con heterónimos  distintos por el niño febril, el hombre, la viuda, la huérfana, las profesionales de la noche, las enfermeras y por algunas referencias concretas, difíciles de conocer su veracidad. Para todos pide consuelo, calor y luz.

            La “Oración por los condenados” es una súplica a Dios para que nos libre de los/sus enemigos, quienes no aman, quienes no sabían que hacían el mal; y pide un perdón y una imagen en donde dejar descansar una fe que vacila. Es un poema profundo, lleno de connotaciones, que en sus primeros versos adelanta: “vengo yo a mendigarte un imposible/porque a quién sino a ti puede pedirse tanto”.

            La edición de marzo de 2017 incluye también “otros (ocho) poemas”, que no desmerecen, en general, a los anteriores y que culminan con la elegía “Cómo se muere un hombre”, que lleva la dedicatoria “Hasta Félix Tejada, difunto”, escrito, cómo no, en tercetos encadenados, que recuerda el Con quien tanto quería, de Hernández. Félix era su padre.

            Definitivamente, la historia de la literatura es tan injusta como todas las historias, quizá porque también la escriben los vencedores, si no de guerras, de pequeños conflictos tribales donde los más avispados, o los más ambiciosos, o los más afortunados, o los más listos, o los que tienen más amigos (y sí, estoy usando sólo el masculino) adelantan a quienes, como José Luis Tejada, poseen un enorme talento, pero se dedican a sus clases, su ciudad y su familia; son coherentes, aunque no se lleve y creyentes, aunque los tiempos hayan cambiado; y escriben en mesas solitarias, recitan en círculos provinciales y no menudean, insidian y mendigan otros honores, que no sean los de la justicia poética, que no existe.

 

 

 

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