4 marzo 2018

MÁS ALLÁ DE LA BRUMA

José Antonio Santano


De una u otra manera todos somos víctimas de la rutina, de esa cotidianidad que nos aleja del mundo de los sueños, de la fantasía. El tiempo, así vivido, nos pesa como una enorme losa. Ocurre esto en cualquier ámbito de la vida, en la literatura también. Por eso, se agradece y mucho que, de vez en cuando, un determinado libro nos alumbre el camino y ese día se convierta en especial. Existe actualmente una tendencia ascendente hacia la escritura plana, sobre todo en poesía. Me explico. La poesía, mayoritariamente hoy en día y en España, obedece a un mismo patrón en su forma y en su fondo. Difícilmente hallaremos un poeta, una voz que destaque del resto de sus coetáneos. Se ha impuesto el pensamiento único, y así, numerosos poetas se han adherido en esta tendencia escritural de la ambigüedad, de lo fútil, de tal manera que leyendo a uno has leído a todos.  Esto no ocurre cuando se trata de poesía latinoamericana actual. Las influencias poéticas son otras y el lenguaje el principal vehículo unificador de la esencialidad del poema. Así lo comprobamos en el texto objeto de comentario para esta ocasión “Más allá de la bruma”, de Álvaro Mata Guillé (Costa Rica, 1965). Quienes se acerquen a este libro no quedarán decepcionados, porque en él hallarán un universo poético abarcador y una voz que refulge en cada verso. Es la poesía de Álvaro Mata abrasadora y lumínica, que nos devuelve la esperanza y el ánimo para seguir avanzando en el sentido correcto del conocimiento y la emoción humanas. Nada escapa al hombre que habita al poeta, y así, desde el principio, dialoga con ese  personaje “Mathías”, de la novela “Claus y Lucas”, de Agota Kristof, desvelándonos la cruel realidad en la que vive –que hace suya el poeta-, y de la cual bien podrían ser representativos los siguientes versos: «escapando sin escapar de aquel lugar sin nombre, / del lugar sin lugar asomado en el valle, / más allá de la bruma, / de mi extrañeza». En la parte segunda Mata Guillé se plantea la necesidad de dialogar con el poeta ruso Ósip Mandelshtám, sometido, acallada su voz y desterrado a los Urales, de manera que de esa comunicación o diálogo el poeta hace suya la experiencia y escribe: «explicar el miedo, / el acecho, la tortura, / el desaliento, / atrapándolos en un papel derruido, / en las paredes, / en un ladrillo, / en el barro empozado en las asperezas del cemento / en el suelo. El paso / de una nube, / un pájaro, / el esto, el aquello, / llenaba por momentos la oquedad de sus ojos, // la lluvia corroyendo la sangre, / la boca, / los huesos / en las bancas, / de la mano de Nadezhda / abrazados, / olvidaban el ahogo, / el negror de las cuencas, / las ojeras, / las suturas,…». El poeta toma la palabra para descubrir el mundo y descubrirse, ahonda en sus silencios para sentirse vivo, siempre llama en la voz de viento, en las olas de un mar embravecido y único. Serán Mathías y Ósip, también se adentrará en la de Jorge Arturo Venegas, para resucitarle y amarlo hasta después de muerto, o la de la gran poeta Eunice Odio regresando a la esencia, al vacío y la desnudez plena de la palabra, que ahora comparte y vive en su más pura estela. En todos se mira, en ellos espejea la melódica sinfonía de la palabra secreta y mágica, de su oscuridad trasciende una luz arrebatadora que seduce al poeta hasta convertirlo en aire o ave que planea el firmamento: «Mathías, / partió hace algún tiempo, / como Eunice lo hizo en los adentros del Neva / y Jorge desvaneciéndose en el fuego del polvo / en el aire, Carlos, / se fue en una tarde, / en una noche, / en el sótano, en el frío, / en el aliento. / Eunice / se desdibujó en el ahogo, / en el polvo de Jorge entre los gatos, Mathías / balanceándose en el columpio, / arriba de la cornisa; Carlos / volaba con su paraguas de alas naranja, / tomaba un té, / brincaba por los tejados // Lo escrito / quedó en algunos libros, / en notas dispersas, / en los nombres que deletreaban las voces / el silencio, las brujas, / el pasillo, / enclaustrados como fantasmas en los cuartos, / en el viento, / en la bruma». Es la voz del poeta Álvaro Mata en el origen de todo, en la nada que nos abisma al pensamiento y recala luego en esa especie de misterio que es la palabra en sí misma, el silencio diamantino que la sustenta. “Más allá de la bruma”, de la niebla o la oscuridad, donde reside la soledad que acompaña al poeta; allá donde el color de las auroras abriga la esperanza en la poesía, que es como decir la vida. Así, Álvaro Mata, con su singular voz ha sabido conquistar el espacio secreto de las palabras hasta redimirnos en su vasto territorio, con un discurso poético tan sincero como envolvente, alma toda, como podemos comprobar en estos otros versos del poema “La nada disgrega la nada” (Fragmentos): «la noche es afuera / adentro / habita la pupila, / la vida aquieta la vida, / la nada / disgrega la nada».

 

 

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