26 diciembre 2017

ANOCHE ESTUVE CONTIGO

Ramón González Medina

(Alquimia para un Encuentro de Escritores en el Antiquarium de Sevilla)


            No te asustes. Mi corazón ardía presa de ti y sin consentimiento. Llamado por tu voz me fui acercando y allí llegamos todos al grito de tus himnos. Enardecido me deshacía turbado en tu regazo. Yo sólo te miraba, pensativo y callado, como los tilos de mi pensamiento. Como gatito ovillado que impone su mirada en la escorada nobleza de tus derruidos muros. Los que oxidan la vista de los tiempos. Hace ya tantos y cansados días que nos acompañas y nos guías por tus grandes acontecimientos, que uno no sabe bien qué hacer o a qué costumbres atenerse. Claro, tú te llamas Historia, y anoche estuve contigo. Y asombrado de ti, me dejaba llevar para no repetirte en tus admiraciones y sigilos, mientras que te aprehendía. Y no sé si me quieres o me necesitas. Tengo hambre de ti y de palabras. De costumbres antiguas, de ser aquellos ecos, ese doblado don de los misterios que se ahogan buscando tu verdad detrás de las pedreras como voz que se muere en los exilios. Pero aun no me llames, no quiero de tu auxilio ni obedecer al hilo de alguna plusvalía, lo que es siempre la luz inacabada de un pobre mercader, que gloriado del éxito se pudre en la miseria. En la más absoluta y negra de sus cuevas al uso del vientre de su lujo. Porque quizás, imaginativamente, o en la fosa común alguien o yo estuvo involucrado en la lealtad contigo, Historia, triste y mal escrita. No asumida en la verdad más alta.

            Te miraba, abstraído en la silla que para el caso habían habilitado, pensando en que vendría. Y vine. Claro que vine. Tú me necesitabas y allí estuve, estuvimos, en química armonía, como piezas de museo idolatrando, pensando en tus cimientos hallados bajo aquel Parasol hecho Parnaso. Antiqvarivm, ahora Museo o Testimonio de todas tus tragedias. Encarnación de mis días felices, solidarios del solsticio primero, donde mi padre, un día, hace ya mucho tiempo, me agasajó con la que fue, quizás, la primera sardina de mi vida, dicho así, bien asada a la plancha. Recuerdo adolescente de experiencia vital o gesto de infancia inacabada. Cuando yo no sabía, nadie sabía que tú estabas ahí, tan soterrada, borrada por el tiempo, tan oculta y vencida bajo los pavimentos y asombrosas columnas sosteniendo los arcos de medio punto. Claro que lo recuerdo.               

            Y ahora vemos tus reliquias y tu rostro, los toco con la mano. Imagino el tacto de Tiberio dirigiendo su voz, la muchedumbre atenta y obediente. Están ahí y son tu ciclo romano, las Gestas de Trajano y de Mauricio, tantos siglos ya después de Cristo y sin embargo, ahí te tenemos, te vemos todavía, son tus ladrillos la muestra más latente, toda tu construcción imprevisible, tu viejo pavimento, tus moradas, formas intactas que al pensar sobrecogen, algún vidrio brillando ante los ojos que parece imposible. Podrían ser los ojos aterrados o confusos de Ino, la esposa de Tiberio II, o de Sofía. Tal vez eran reflejos, transparencias, iconos, percepciones, tu luz, tu inteligencia. Pero es a mi pesar la romana lengua que adoptara Cervantes, expandió e hizo grande. Claro que estuve allí, ovacionando los versos y las prosas de alados y halagados poetas invictos, sobrados de rigor y de palabra, estandarte  y oficio de cognitiva flámula. Concierto para armónica ilustrada, y tú, La Historia de la Historia; la de los hombres o depredadores de tus grandes designios. Aquellos que abarcaron tus siglos y tu gloria, hasta alcanzar el siglo VI, ya de nuestra tenebrosa y decadente Era. La de los encumbrados semidioses que fueron destruyéndose a sí mismos, hasta hacerse de mustia oscuridad, desoyendo a los dioses y engendrando gangrena en toda sangre, haciéndola convulsa, divisoria, rugiente y desalmada, hasta sentirla pobre por las venas de tantas cañerías de metales corruptos en ciclópeas manadas, dueños de la miseria que aniquila la paz del espíritu llano.

            Yo estuve allí. Claro que estuve. Sobrio y delicado al lado de la mesa pupitre, que era funcional, azulosa y proporcionada para el caso, suficiente; presidida, quien sabe, si no por ínclito ilustrado, por el Gran Adriano, que anduvo de paraje en paraje anotando renglones de ladrillos y fundando ciudades; a quien imaginé que andaba por allí dando zancadas y ordenando el mundo. Sobre la mesa, libros modernos que hablaban a los árboles, ilustrando el desmedido ambiente a los presentes, departiendo de ti en algunos casos sobre alguna costumbre que tuviste la suerte de legarnos, y que bien te copiamos para nuestro entender con el ilustre Baco, compañero en tu sueño y el sueño enmarañado de más de cien poetas al uso de este tiempo… Sí, de este tiempo. Disertando en vatios cordiales su lastre de emoción a la estrecha sordera con augusto sonido gradual. Y todos más que sentados, sentadísimos, felices, llenos de dulce asombro, disfrutando de toda tu costumbre sensorial, cambiante, llena de hojas, de miradas etéreas, de luz completa, de inquietud severa y transparente, de manías y locuras de ojos asombrosos y expectantes. De sueños celestiales. Pero ahora, en esta hora del mundo inacabado y sin fin de los frágiles hombres, eres Antiqvarivm, Parnaso hoy; sombra de todo espejo y emblema del tiempo más moderno, asombro claro de las arquitecturas ergonómicas y desbordantes, la apariencia, los énfasis, la lógica, los fluviales y subterráneos besos infinitos de los amantes muertos. La quietud del aplauso embebecido.

 

 

                

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